Reloj no marques las horas




Por Tony Owen


En este último día del año, es tradición que la gente se reúna alrededor de los grandes relojes de sus ciudades para ver las campanadas de fin de año. Otros muchos prefieren el confort y calor de su hogar para ver la retransmisión de este evento.


En Madrid, ese gran reloj es el que está ubicado en la Puerta del Sol y todos los congregados a sus pies tratan -con mayor o menor éxito- de engullir doce uvas, una por campanada.



La historia del reloj tiene su enjundia: En el siglo XVIII, en esa misma plaza, marcador del tiempo antes, estaba en la Iglesia del Buen Suceso (hoy derruida). Ya esa primera esfera sólo contaba con la manecilla de las horas, y aún así no las marcaba como debiera.

Dos tardes de concierto

Por Igor Yglesias-Palomar




Hace ya algo más de tres años (es terrible cómo pasa el tiempo), el coautor de este blog, Tony Owen, siguiendo su línea de selección de temas interesantes, y su entretenida manera de narrarlas, publicó el artículo Aleksandr Scriabin. El compositor del rito del fin del mundo , uno de los posts mejor recibidos que ha tenido este blog. Scriabin parece mantenerse en el candelabro -como diría alguna-, y en nuestra página de Facebook hemos publicado algunos artículos y notas relacionados. Es por esto mismo que abandono momentáneamente la producción de algunos posts en los que vengo trabajando, para relataros -más brevemente, eso sí-, mi experiencia de primera mano relacionada con el susodicho compositor ruso. Las tardes del 18 y 19 de Diciembre, en plena vorágine musical navideña, se estrenaba en el Auditorio Nacional, sito en Madrid, el concierto para piano y orquesta, del señor Scriabin, lo cual ya pareciéndome motivo suficiente para acudir al evento, se completó aún más al enterarme de que el resto del programa estaba formado por el Pelléas et Mélisande  y el Réquiem, ambos del compositor galo Gabriel Fauré, piezas muy queridas para mí desde los albores de mi pasión por la música clásica. La dirección estaba a cargo de Jesús López-Cobos, y la interpretación por la Orquesta y Coro Nacional Española, con Luis Fernando Pérez al piano en Scriabin. Dicho de otra manera, todas las papeletas para ser una velada inolvidable.

Cojonazos de Leyenda (III): El Gran Capitán (Segunda parte)

Igor Yglesias-Palomar Bermejo.

(viene del primero)
 


Las Guerras de Italia

Por aquellos entonces, en Francia, Carlos VIII -citando a Toca y Martínez Laínez: "que el cronista Oviedo llama Charles de la Cabeça Gruesa (a quienes los piadosos historiadores galos llaman ahora Carlos VIII el Afable), un tarado que daba audiencia en un palomar"- sucesor de Luis XI, planeaba comenzar una ambiciosa expansión militar, con el ánimo -se supone-, de iniciar una nueva cruzada que recuperara Tierra Santa y penetrara en territorio otomano, aunque más probablemente sus intereses fueran más cercanos en la distancia, como demostró el hecho de que justificara con ello su necesidad de disponer de una plaza fuerte en el Mediterráneo. Su intención, pues, es conquistar Italia, aprovechando que en 1494 fallece el rey Fernando I de Nápoles -hijo de Alfonso V de Aragón-, y es proclamado rey su hijo Alfonso II de Nápoles.

Para cubrirse las espaldas firmó con Fernando el Católico un tratado, en apariencia, contra los otomanos, pero que en realidad se trataba de una alianza de amistad. España no se interpondría en los planes de Francia a menos que se atacara al Papa, y viceversa. No obstante, al enterarse Fernando de las intenciones del francés, actuó hábilmente, considerando Nápoles como un territorio infeudado al Papa, y hallando, gracias a ello, la justificación que necesitaba para impedir los planes de conquista a Italia. El católico inicia una ofensiva diplomática para ayudar a su pariente, logrando el apoyo del papado y la neutralidad de Venecia.